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LA MISIÓN DEL 31 DE MAYO COMO RESPUESTA AL TIEMPO PRESENTE

May 23, 2019

LA MISIÓN DEL 31 DE MAYO COMO RESPUESTA AL TIEMPO PRESENTE

 

Ignacio Serrano del Pozo

 

Tiempo de conmemoración y reflexión

     El 31 de mayo próximo celebraremos como Movimiento de Schoenstatt, 70 años de la misión que el P. José Kentenich nos encomendara desde el santuario de Bellavista: una cruzada por el pensar, vivir y amar orgánicos o la perfecta restauración del organismo natural y sobrenatural de vinculaciones en sus formulaciones más clásicas.

     Además de una ocasión para conmemorar, me parece que es una muy buena instancia también para reflexionar, es decir, para volver a pensar las ideas contenidas en esta irrupción de gracias. Pues suele pasar que de tanto escuchar algunas frases, estas pierden su sentido o poder de impacto. Por usar una analogía, es como lo que sucede con las instrucciones de seguridad pronunciadas por el tripulante de un avión cada vez que iniciamos un viaje: si bien todo estamos de acuerdo en que se trata de cuestiones importantes, dado que las hemos oído tantas veces, empezamos a escucharlas como a lo lejos, sin prestar la debida atención.

 

Tiempo de crisis

     Este repensar el mensaje del Padre Fundador como propuesta carismática, cobra hoy, en un momento marcado por situaciones de abusos de poder y crisis de confianza al interior de la Iglesia y también de la Familia de Schoenstatt, un sentido especial, pues nos exige examinar si la Misión de 31 de mayo es también una respuesta válida para esta Iglesia que avanza sinuosamente hacia la otra orilla. Si en décadas pasadas una lectura superficial de los textos claves del Tercer Hito podía considerarse como ignorancia histórica, y la repetición mántrica de las categorías aquí contenidas como un conocimiento suficiente, eso no es posible después de lo que hemos vivido como Iglesia mundial y chilena.

     Es más, si en este tiempo de crisis no nos empeñamos en alcanzar una renovada comprensión y asimilación del 31 de mayo, la gravedad y urgencia de ella nos empujará a echar mano al primer salvavidas que aparezca, llámese este sinodalidad laical, desmitifación del clero, meditación trascendental o cualquier otra cosa, sin reparar si éstas estrategias responden o no a nuestro carisma.

 

Fidelidad a la Misión

     En lo que sigue no pretendo, por supuesto, ofrecer “recetas de solución” a la crisis - sería desproporcionado un objetivo así... Me interesa, más bien, reparar en tres cuestiones concretas contenidas precisamente en la Misión de Bellavista, que no deberían olvidarse al iniciar el camino de sanación al modo schoenstattianao, por fidelidad precisamente a quien, “en la fuerza divina”-, lo arriesgó todo por predicar su mensaje profético.

 

1. La importancia del contacto

     La actual crisis de abuso y desconfianza nos enfrenta a una pregunta decisiva: si acaso vamos a seguir optando por promover nuestra estrategia de vinculaciones naturales como forma de encontrarnos con Dios. La inmensa rabia y decepción que nos han ocasionado el actuar abusivo de individuos concretos, sacerdotes y obispos consagrados, incitan a una inmensa tentación: desapegarse un poco de las criaturas en busca de una religión “más profunda”, de la interioridad o del contacto inmediato con Dios. Es una tentación poderosa, pues –usando la metáfora del inicio- no deja de resultar una opción atractiva agarrar la máscara de oxígeno y el salvavidas para salvarse sólo y prontamente. Sin embargo, nos parece que desde nuestra impronta no hay posibilidad de prescindir del contacto afectivo y efectivo con otras vidas humanas. En primer lugar, porque para nosotros esto está en el centro del Evangelio: “Si alguno dice: «Yo amo a Dios», y al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso. Pues si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve” (Juan 1,4-20). Pero además, en segundo lugar, porque el mismo Papa Francisco nos ha advertido del peligro de una religión descarnada, al servicio de una determinada experiencia individual o una serie de razonamientos subjetivos. “Dios nos supera infinitamente, siempre es una sorpresa y no somos nosotros los que decidimos en qué circunstancia histórica encontrarlo […] Tampoco se puede pretender definir dónde no está Dios, porque él está misteriosamente en la vida de toda persona […] Aun cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aun cuando lo veamos destruido por los vicios o las adicciones, Dios está en su vida” (Gaudete et Exultate, 41,42). Por lo demás, esta exigencia de vínculos humanos radicales, tan hondos que empiezan en esta tierra y no terminan ni en el mismo cielo (“quien ha llegado a nuestro corazón lo ha hecho para quedarse”), se encuentra, por último, en el centro de las palabras que el padre Kentenich pronunciara al interior del Santuario de Bellavista: “Queremos permanecer recíprocamente fieles: el uno en el otro, con el otro, para el otro, en el corazón de Dios. Si no nos reencontrásemos allí, sería algo terrible. Allí debemos volver a encontrarnos. No deben pensar: vamos hacia Dios, por eso debemos separarnos. Yo no quiero ser simplemente un señalizador en la ruta. ¡No! Vamos el uno con el otro. Y esto por toda la eternidad” (Plática del 31 de Mayo, 1949).

 

2. El rechazo a los esencialismos minimalistas

     La crisis vivida nos empuja a una segunda posición que se escucha con frecuencia en círculos católicos: la de ir a sólo lo esencial evitando lo que parece periférico. Se trataría así de volver a Cristo y la desnudez de su palabra, sin quedar entrampado en sus mensajeros o en los canales que trasmiten su mensaje. El punto es, si acaso, esta actitud hace justicia a nuestra espiritualidad, y si no terminaría –más bien- dejando fuera como accesorio muchos de nuestros tesoros más preciados: la pedagogía del ideal personal y su ascética, las comunidades de trabajo y formación, el mismo Santuario como lugar concreto de gracias, y la Virgen María como Madre y Educadora. Por lo demás, ¿no fue esta tentación esencialista la que el mismo José Kentenich percibió en los años 30 al interior de los círculos litúrgicos y el movimiento bíblico alemán? Ahí incluso descubrió el germen del llamado bacilo del mecanicismo, pues “su espíritu separatista desgarra las ideas de la vida haciendo incapaces a esos círculos de otorgar, a una devoción mariana profunda, el lugar que le corresponde en el desarrollo pleno de la vida católica” (Carta a José, 1952).

     Es cierto –también- que esta crisis empuja a deshacernos de muchas actitudes y estructuras que bien pueden ser un lastre que sólo proporciona falsas seguridades. Pero si queremos salvarnos, podemos tirar muchas cosas que en el momento de un accidente pierden totalmente su pertinencia, pero entre ellas no pueden estar los mismos salvavidas.

 

c. La afirmación del principio paterno

     Pero en tercer lugar, y quizás lo más dramático, es que los abusos de poder del último tiempo, ponen en tela de juicio el mismo principio de autoridad, pues su desmantelamiento o descabezamiento parece ser la única alternativa capaz de reconstruir una nueva Iglesia, más horizontal, más fraternal y menos abusiva.

     La pregunta es si con ello nos estamos eliminando de un plumazo el principio más central de la carta del 31 de mayo: la consideración práctica de que la autoridad humana es trasparente y representante de Dios Padre. Sin duda esta es la parte más difícil de aceptar de la misión que el Fundador pronunció hace 70 años. De hecho, me atrevería a decir que la crisis actual permite solidarizar bastante bien con el visitador canónico, Mons. Bernardo Stein. Pues si lo analizamos rápidamente, habría que decir que este hombre, quien antes pudo ser visto como el incomprensivo villano, en realidad no hizo otra cosa que advertirle a Kentenich los riesgos que una autoridad fascinante podía infligir en sus seguidores, “hasta el punto de reclamar para sí el lugar de Dios”. Pero aquí vuelve a aparecer la cuestión de fondo: ¿es la crisis vivida, hecha de debilidades y de pecados de quienes han detentado alguna forma de poder, capaz de hacernos derrumbar uno de los principios medulares contenidos en el mensaje del Schoenstatt? Sin duda en este tema hay mucha tela que cortar: debemos detenernos en qué significa autoridad en la perspectiva kentenijiana (“autor de vida”, “servicio a la originalidad del otro”), cómo mirarla siempre desde la luz de la fe, y cómo estructurar determinados seguros para moderar y limitar su poder ( “no imponer exigencias que la autoridad no aspira a cumplir, “obedecer en todo lo que no sea pecado”, “animar a la franqueza respetuosa”, “intervenir sólo cuando parece oportuno o necesario”, entre otros); pero eso en nada eclipsa que el 31 de mayo es una apuesta por más autoridad paternal y más vinculación filial, no menos. Ahí esté lo que el mismo P. Kentenich señalara en sus últimos años de su vida terrena: “El amor a un transparente de Dios es, por lo tanto, medio, seguro y expresión del amor al Padre celestial. Así debemos comprender también nuestra relación recíproca. Aquí tienen ustedes la gran constante. No se trata de "idolatría de una persona” (Conferencia para miembros del Instituto de Nuestra Señora de Schoenstatt, 1966).

     ¿Estamos –entonces- dispuestos a correr el riesgo de afirmar el principio de autoridad en el plano natural a pesar de todo lo pasado? Como hijos de Kentenich parece que no hay alternativa. Es el riesgo de las tensiones permanentes advertidas en la misma Epístola Perlonga depositada en el santuario Cenáculo de Bellavista.

    Si el avión se cae, seguramente vamos a querer culpar a toda la tripulación de los sucedido, pero no podemos olvidar que es precisamente esa conducción la que permite emprender vuelo. En ese misma línea, habría que decir que ciertamente una autoridad fuerte puede terminar reemplazando la conciencia y destruyendo la libertad, y los ejemplos recientes están a la vista. Sin embargo, eso no puede eclipsar que su esencia y su misión sean otra: empoderar, acoger los intereses de la comunidad, fomentar la iniciativa de otros, hacer crecer en capacidad de pensamiento y en responsabilidad; y –sobre todore-ligarnos al mismo Padre Dios por su presencia y acción.

 

     El Padre Kentenich cita en su mítica carta las palabras de Pío XI: “Estoy contento de vivir en el siglo XX, pues en el siglo XX es imposible para el cristiano ser mediocre”. Nosotros podríamos parafrasear esta expresión para decir hoy: “estoy contento de vivir en esta crisis que sucede 70 años después del 31 de mayo, pues por ella es imposible ser un schoentattiano mediocre”.

 

 

 

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